La historia de cuando los niños conquistaron las Fallas.
Había una vez, hace mucho tiempo, en las calles empedradas de València, unos pequeños protagonistas que vivían la fiesta de una forma muy especial. Mientras los mayores construían grandes monumentos, los niños corrían de un lado a otro recolectando maderas y tesoros olvidados, esperando con ilusión el momento en que el fuego, como por arte de magia, iluminaba la noche el día de la cremà.
Con el paso del tiempo, las fallas se hicieron tan grandes y sofisticadas que, a veces, los niños se sentían un poco fuera de lugar. Los adultos se encargaban de todo el arte y la técnica, y parecía que el lugar de los pequeños en la fiesta se estaba desvaneciendo. Pero, ¿qué sería de una tradición sin el entusiasmo de los más jóvenes?
La chispa que encendió la ilusión.
Todo cambió a finales de los años veinte. Como si de un cuento con final feliz se tratase, la ciudad comenzó a llenarse de pequeñas fallas creadas por manos menudas. La prensa de entonces, con semanarios como El Mercantil Valenciano y su sección Los Chicos, empezó a aplaudir estas obras infantiles, creando premios para quienes demostraran más ingenio y alegría.
¡Fue un éxito rotundo! En 1936, ya había 80 pequeñas fallas por toda la ciudad. Los niños ya no solo miraban; ahora tenían su propia Fallera Mayor Infantil y sus propias exposiciones de ninots, como si estuvieran contando su propio relato a través del arte.
En esta historia no podía faltar un hada madrina, o mejor dicho, un «caballero» con voz de radio. Se llamaba Vicent Ros Belda, aunque todo el mundo lo conocía como «El Señor Pérez». Él fue quien, con su entusiasmo, organizó este pequeño reino infantil. Inventó festejos como la Cabalgata del Niño Fallero, la abuela de la actual Cabalgata del Ninot Infantil, y animó a todos a seguir creando. Gracias a él, los niños tuvieron un lugar de honor bajo los focos.
Un tesoro que se salvó del fuego.
El broche de oro de este cuento llegó en 1963. Se decidió que, a partir de ese año, un ninot infantil cada año sería «indultado». Se salvaría de las llamas para vivir para siempre en un museo, como un juguete guardado en un baúl lleno de recuerdos.
Y así, generación tras generación, la historia continúa. Porque las Fallas no serían lo que son sin esa chispa infantil que, año tras año, nos recuerda que la tradición más grande es aquella que se cuida con la ilusión de un niño.